¿Alguna vez se han puesto a pensar en la efimeridad de las cosas? Todo transcurre tan rápido: nacemos, crecemos, nos desarrollamos, nos reproducimos, envejecemos y morimos. Y ello acontece en todo orden de cosas.
Ya hacen dos años que me vengo dando cuenta de esto que, aparentemente, es tan natural - y ciertamente lo es -, pero tan doloroso.
Hoy, a estas horas de la madrugada, padeciendo del insomnio de la fiebre y de la melancolía, nuevamente caí en la cuenta de que yo, alguna vez y como todo, seré un pasado que con los años será inexistente. Tengo apenas diecisiete años, pero me parecen del mes pasado los días aquellos en que recién comenzaba a gozar del uso de la razón: los tres a cuatro años. Recuerdos vagos, difusos, que jamás volverán a existir más que en mi frágil memoria.
Todavía me acuerdo de mi antaño joven madre, que llevaba unos escasos veinticinco años a cuestas, cuando jugaba conmigo a grabar nuestras voces en un cassette que cada vez se escucha peor, hasta que llegará el día en que la última evidencia de aquél brumoso pasado mío sea enterrado en el fondo de un vertedero, olvidado. Nadie sabrá lo importante que fue aquel trozo de plástico para alguien alguna vez, nadie lo sabrá. Será tan sólo un cachibache, un desperdicio.
A veces las lágrimas están a punto de brotarme cuando veo viejas y desteñidas fotografías en blanco y negro, en donde aparecen rostros que ni conozco de tiempos remotos. Gente que al instante de apretar el botón del flash estaba tan contenta, tan viva, y que ahora están muertos, enterrados tanto ellos como sus vidas, sus historias, sus existencias. Nada de ellos ha perdurado más que una brumosa y vieja fotografía que, más tarde que temprano, será quemada o tirada quién sabe dónde, sin nadie que la quiera encontrar de nuevo...
Aún recuerdo aquellos lejanos días de mi infancia con mi joven y amada madre en aquel pequeño departamento en pleno centro de la capital. Como ya lo mencioné, son imágenes vagas, difusas, pero que de todas maneras me deprimen al darme cuenta que aquellos instantes ya jamás volverán y que tan sólo existen por obra y gracia de mi cerebro. Cuando yo muera, ¿quién los recordará? Nadie.
Y de mi abuela también me acuerdo, pero ella murió cuando yo todavía no había cumplido los siete años de edad. Ya jamás estará conmigo tampoco, como los recuerdos. También ella es pasado, junto con su existencia y con su ser. Mi último cumpleaños con ella también es imborrable de mi corazón... yo esperaba anhelante cumplir mi séptimo año de vida con ella, pero, lamentablemente, ello jamás aconteció. No supe el motivo hasta unos meses más tarde, pero ya no valía la pena ni jamás la valdrá: también constituye otro irrepetible momento de mi existencia.
De mi padre también me acuerdo, sobre todo en momentos como este. Este último tiempo me he puesto más melancólico y triste que nunca, y ello se debe a que lo de siempre me está ganando la batalla para seguir siendo como siempre: efímero. Todavía recuerdo aquella última noche con él, con fecha incluida: jueves 6 de abril de 1995. Él había llegado de trabajar, y con él traía tres palmeritas para el jardín. Cenamos tallarines luego de que él me mandara a comprarle un remedio para la picazón de mi antaño gata Sofía. Digo antaño porque tampoco está conmigo ahora y jamás lo estará. Jamás olvidaré cuando él, aquella última noche, me preguntó qué cantidad de fideos debía cocer, antes de que yo fuese a la farmacia, y que yo le contesté, despreocupadamente y con gracia, que le echara todo no más. Luego de cenar, nos fuimos a dormir. También me acuerdo que mi madre no estaba en casa, pues debía cuidar la otra de la playa.
Al otro día, un también inolvidable viernes 7 de abril de 1995, yo me levanté como siempre para ir al colegio. Al buscar las monedas para el transporte, él me dijo que sacara las que me hiciesen falta. Dormía sobre su cama en el piso, las cortinas cerradas y cara de sueño. Al regresar a casa, a eso de las 14.45, una atmósfera distinta yo percibía. La casa estaba solitaria, las habitaciones y la cocina desaseadas, y yo, al entrar a la cas, lo que más me acuerdo es que, al atravesar el umbral de la puerta del living, miré a través del vitral hacia el patio y pensé que mañana nos iríamos a la playa, pues era semana santa. Aquella tarde comenzó extraña para mí. A eso de las 15.45 llamaron a mi casa de donde mi padre laboraba para pedirme el teléfono de mi tío, el cual yo no poseía. Extrañado ante tal llamada, me prometí darle ese recado a mi padre a su regreso. Pero nunca se lo dí. Él, para entonces, ya había fallecido un cuarto de hora antes. Al otro día lo ví dentro de su ataúd, en una capilla del barrio alto, con su semblante sereno de siempre y su calva postrera. Lo único que delataba su tétrico estado eran las magulladuras de la cara, el feo hematoma mal maquillado por enciMA de su ojo derecho - ya que allí se golpeó al caer sin sentido al piso del reducido baño cuando lo acabó de fulminar un ataque al miocardio asintomado con decenas de minutos de antelación por él mismo - y una gota de sangre que escurridiza se filtró por su oído izquierdo huyendo de su cerebro sacado y repuesto tras la fría autopsia de rigor. En ella todo salía tan frío... Fueron momentos tristes. Pero todos, junto a mi padre y su existencia, ya son sólo recuerdos, que sin un alma que los recordase pasarían a engrosar la fila de lo eterna e irrevocablemente olvidado e inexistente.
Instantes de dolor como los que padecí ante la inexistencia de mi padre los volví a vivir casi cuatro años después con el sacrificio de mi viejo perro Lautaro. Lo echo mucho de menos, ya que era, en la práctica, un hermano parA mí. Y lo que más lamento es que él, quizá cuando me necesitaba, fue sustituido por el computador en el cual ahora escribo. Por suerte, antes de agonizar, alcanzó a gozar de tres inolvidables semanas en la casa de la playa, en donde alcanzó a disfrutar del concho de vida que le restaba. Si bien tengo muchos recuerdos de él, será los de aquellas últimas tres semanas de vitalidad los que más nostalgia me darán y su último tiempo de agonía los que más tristeza me proporcionarán. Jamás, asimismo, podré olvidar los momentos previos al cumplimiento de su fatal destino, un día sábado 13 de marzo de 1999. Ya no había vuelta que darle: su destino estaba marcado de antemano por la muerte por medio de un cáncer que se le propagaba rápidamente y que mermaba a sus escasas fuerzas. Pero él, a pesar de todo, sonreía los últimos momentos. Los degustaría, tal vez, como el último paseo de su vida. Al momento de ponerle las inyecciones, mi madre no aguantó más y abandonó la sala del verdugo. Las lágrimas estaban que brotaban a torrentes de mis ojos, pero me contuve tanto como no lo hago ahora. Lo subimos a la mesa, y mi viejo perro ya estaba manso y lánguido, aceptando implícitamente su sino. Diez inyecciones de veneno y abundante agua acabaron con el vaivén de sus pulmoncitos, aquellos que respiraron por tanto tiempo, que jadearon en nuestras jugarretas de cachorros, que le dieron impulso a sus ladridos de euforia. Pero todo acabó, su corazón se detuvo para siempre, y ya jamás volvió a ladrar para mí. Desde aquel momento también se hizo humo, se hizo tan sólo un recuerdo del que no quedará más que su collar y su pelota, objetos que serán guardados para siempre por mí. Cuando sea viejo, y su existencia la vea en la bruma de mi lejana juventud, me recostaré con su collar en mi mano y con su pelota en la otra a ponerme a llorar y a pensar que alguna vez estuvo conmigo.
Muertes, muertes y más muertes. Años que pasan, cumpleaños que vienen y se van, personas que nacen y otras que envejecen. Es deprimente darse cuenta de que estamos impotentes frente a ello. Tantos gatos he tenido y tantos han muerto o desaparecido, y de algunos no me queda más que un vago y ambiguo recuerdo. ¿Dónde estará la Sofía, la Rabieta? Nadie lo sabe, y lo peor es que, por mucho que lo intente, sus existencias ya están sumidas en las brumas de lo olvidado. También tuve hamsters, y todos no duraron más de dos años. En su momento sus existencias me eran una lata, pero ahora me arrepiento tanto y me dan ganas de volver a ver a sus indiferentes personas, inexpresivas, como muertas en vida, para pagar por las atenciones que no les supe proporcionar.
¿Qué viene ahora en el triste menú de la vida? De seguro que ya se avecinan la muerte de los hermanos del Lautaro: el Oso y la Tewalda. Cuando ello acontezca, mi congoja ya no tendrá límites. No puedo tolerar la vida sin saber que ellos están ahí, respirando el mismo aire que yo. Pero debo resignarme: ya nada puedo hacer por ellos. Aunque con la genética los hiciese inmortales, para cuando adquiriese esos conocimientos ellos ya habrán muerto y serán lo que estaban condenados a ser: pasado también.
Realmente no puedo estar feliz, porque todo será pasado. Aunque en un hipotético futuro me los encuentre de nuevo, ya nada será lo mismo: aquello me da pena. Los cambios me dan pena aunque sean para bien: el solo hecho de que las cosas desaparezcan ya me entristece. Mi cuerpo también está cambiando. Ya tendré 20, y de ahí 30... Mi vida está marcada de antemano por la vejez y la muerte. ¿Podré hacer algo para torcerles la mano? Eso espero. Pero mi madre y mis perros y mis gatos y mis loros no. Ya sus días están contados. Espero, también, que sean muchos más.
He llegado a una conclusión: debo despedirme de todo. nadie sabe cuando lo que ahora es ya no lo será más. A todo lo fotografiaré, filmaré y grabaré, para que, al menos, su existencia quede registrada en un trozo de cinta o de disco duro.